Antes y después de la guerra con Chile (1879–1883), existieron en San Miguel familias de hacendados y comerciantes que se beneficiaron de la ubicación estratégica del pueblo, cercano a los valles azucareros de la costa y a las minas de Hualgayoc. Estas familias conformaron una especie de “élite local”, cuyo origen se remonta a migrantes españoles y criollos que llegaron a San Miguel a fines del periodo colonial.
Entre ellas se forjaron alianzas, pero también rencillas. Tal fue el caso de los Barrantes y los Quiroz: los primeros, iglesistas; los segundos, caceristas. Lo mismo ocurrió entre familias de localidades vecinas, como en la conocida rivalidad entre sanmiguelinos y sanpablinos a fines del siglo XIX. Estos hacendados, además, estuvieron vinculados al fenómeno del bandolerismo (Taylor, 2023, p. 90).
Tres de estos hacendados fueron Jacinto Barrantes, Tiburcio Barrantes y Evaristo Novoa. Los dos primeros encabezaron las columnas de San Miguel y Llapa, respectivamente, durante la batalla de San Pablo, el 13 de julio de 1882; mientras que el tercero contribuyó al pago del cupo de guerra para evitar que el pueblo fuera incendiado.
Como se sabe, la batalla de San Pablo fue uno de los últimos episodios de aquella infausta guerra que el Perú perdió, pero que, de algún modo, también abrió un nuevo periodo en la vida republicana y nacional.
Las señoritas Esther Barrantes y Aurelia Barrantes, hijas de Jacinto, se casan en 1893
En febrero de 1893, Victoriano Sarabia, soltero, inició una solicitud para contraer matrimonio con Esther Barrantes, hija de Jacinto Barrantes, héroe sanmiguelino. En el documento señala que existía parentesco entre ambos y que, por ello, solicitaba la dispensa correspondiente al obispo. Como testigos del trámite presentó a Manuel Ramírez, agricultor; Eugenio Cubas, comerciante; e Ysmael Amézaga, “vecino de Lima”. Para este acto, Jacinto otorgó su consentimiento para que su señorita hija contrajera matrimonio.
En el expediente matrimonial, los novios explican que descendían de dos abuelas que eran hermanas: María Ríos y Eusebia Ríos. De María descendía Victoriano; de Eusebia, Esther. En consecuencia, ambos compartían una misma bisabuela: Lucía Ríos. Lo grafican de la siguiente manera:
En marzo de 1893, el Obispo otorgó la dispensa correspondiente para que la pareja pudiera casarse.
Asimismo, hallamos la partida de matrimonio (N.° 297), donde se consignan nuevos datos: Victoriano Sarabia, de 31 años (n. 1862), soltero y comerciante, hijo de Baltazar Sarabia y Hermenegilda Ríos, contrajo matrimonio con Esther Barrantes, de 18 años (n. 1875), soltera, hija de Jacinto Barrantes y de Inés C. Barrantes —quien en otra partida aparece como Rosa Castañeda—. Los padrinos fueron Fidel Barrantes y Josefina Barrantes. El matrimonio se celebró en 1893 (imagen 493, sección matrimonios).
En el expediente matrimonial de Aurelia Barrantes, otra hija de Jacinto, casada ese mismo año (1893) con José Cubas, se presenta un caso similar al de su hermana: la pareja tenía impedimento por consanguinidad, por lo que también debió solicitar dispensa episcopal.
En este segundo caso, los contrayentes adjuntaron igualmente el árbol genealógico que demostraba su parentesco. Allí señalan que su vínculo era más lejano que el de Victoriano y Esther. Aurelia y José descendían de dos hermanas —bisabuelas de ambos—: Justa Cruzado y María Cruzado. De Justa descendía Aurelia; de María, José. En consecuencia, compartían un mismo tatarabuelo: Domingo Cruzado.
En la partida de matrimonio de ambos (N.° 304) figuran los siguientes datos: José Salomé Cubas, de 32 años (n. 1861), soltero, agricultor, hijo de Gregorio Cubas y Esequiela Malca, contrajo matrimonio con Aurelia Barrantes, de 24 años (n. 1869), soltera, hija de Jacinto Barrantes y Rosa Castañeda. Fueron padrinos Eugenio Cubas y Josefa Barrantes de Cubas; y testigos, Pedro Quiroz y Clemente Malca. Año 1893 (imagen 495, sección matrimonios).
También ubicamos la partida de bautizo de otro hijo de Jacinto: Francisco Abdón Barrantes Castañeda, bautizado el 19 de septiembre de 1878 en San Miguel. Fueron sus padrinos José Quiroz y Manuela (o María) Rodríguez (libro de partidas 1837–1879, imagen 2247).
Por otro lado, hallamos la partida de bautizo de José Jacinto Barrantes Ríos, héroe sanmiguelino de la guerra con Chile y padre de Esther y Aurelia. Allí se consigna que fue hijo de Mariano Barrantes y Eusebia Ríos. Nació el 16 de agosto de 1841 y fue bautizado cuatro días después, el 20 de agosto. Sabemos, además, por registros de FamilySearch, que tuvo cinco hermanos: María, Manuel, Eudoro, José Manuel y Pedro.
Asimismo, encontramos la partida de matrimonio de Jacinto con Margarita Saldaña, natural de Santa Cruz, celebrado en 1909 en San Miguel. En dicha acta se reiteran los nombres de los padres de Jacinto; y, por parte de la esposa, se consigna que Margarita era hija de Delfín Saldaña y Mariana Arosco (el apellido no se lee con claridad). Este dato sugiere que Jacinto no estuvo casado con Rosa Castañeda, una de sus primeras parejas y madre de las hijas mencionadas anteriormente, sino que su vínculo con ella habría sido previo o de otra naturaleza.
Un dato relevante que arroja el expediente es que el padre de Jacinto fue Mariano Barrantes Cruzado. Por investigaciones propias, sabemos que Mariano fue hijo de Manuel Barrantes y Josefa Cruzado; nieto de José Manuel Barrantes Linares; y bisnieto de Juan Barrantes y María Linares, estos últimos españoles que migraron a San Miguel a fines del periodo colonial.
Aún desconocemos la fecha de fallecimiento de Jacinto, el número total de hijos que tuvo —además de Esther, Aurelia y Francisco—, así como el grado de parentesco que pudo haber tenido con Tiburcio Barrantes. Estos y otros aspectos quedan pendientes de investigación.
Tiburcio Barrantes se casa en primeras nupcias con María Ysabel Malca
Tiburcio Ygnacio Barrantes Salazar nació el 11 de agosto de 1847 y falleció en 1949, a la notable edad de 102 años. Contrajo matrimonio con María Ysabel Malca en 1880, en Llapa. De esta unión nacieron —hasta donde tenemos información— tres hijos: Ector, Lucila y Augusto Barrantes Malca. Ector fue bautizado el 9 de junio de 1877. Lucila, nacida en 1876, contrajo matrimonio con Pedro Rojas Cabanillas en 1896. De esta unión nacieron varios hijos, entre ellos María Luisa Rojas Barrantes (esposa de don Jacob Novoa Malca) y Marina Ysabel Rojas Barrantes. Por su parte, Augusto fue abuelo de Socorro Barrantes Zurita, reconocida poetisa cajamarquina.
Posteriormente, Tiburcio se vinculó con Aurelia Castañeda Barrantes, veinte años menor que él. Aurelia, sanmiguelina, fue hija de Máximo Castañeda y Carmen Barrantes; nació en 1867 y falleció en 1914. De esta relación nació Alfonso Barrantes Castañeda, padre de Alfonso Barrantes Lingán, conocido popularmente como “Frejolito”, quien fue alcalde de Lima (1983–1985) y candidato a la presidencia del Perú en 1985. En efecto, Tiburcio fue abuelo paterno de Alfonso Barrantes Lingán.
Cabe anotar que mi parentesco con “Frejolito” proviene por la línea de Aurelia Castañeda Barrantes, prima hermana de mi tatarabuelo Celso Quiroz Barrantes. Ello se debe a que Aurelia y Celso fueron hijos de dos hermanas: Carmen y Andrea Barrantes Bustamante, respectivamente.
Es de él, de Tiburcio, de quien tenemos menor información genealógica. A pesar de haber nacido en Llapa, todo indica que mantuvo estrechos vínculos con los Barrantes de San Miguel, en particular con Jacinto Barrantes. Fueron amigos, compadres y, además, parientes.
Queda por esclarecer con mayor precisión el grado de consanguinidad que los unía, así como la línea exacta de conexión entre ambas ramas familiares. Este vacío documental abre una interesante veta de investigación, pues permitiría comprender mejor las redes de parentesco y alianzas que articularon a las familias prominentes de San Miguel y Llapa en el siglo XIX.
Evaristo Novoa se casa con Manuela Leyba
Evaristo Novoa es otro de los héroes locales de la guerra con Chile. Según Dammert (1983), contribuyó con el pago de parte del cupo de guerra para evitar que las tropas chilenas incendiaran San Miguel.
Evaristo Novoa Leyba fue un hacendado y minero sanmiguelino, hijo del español Bartolomé Noboa y de Timotea Leyba. Contrajo matrimonio con Manuela Malca, con quien tuvo siete hijos: Bartolomé, Cincinato, Jacob, Ciro, Sofía, Judith y Elvia.
En el expediente matrimonial que hallamos, consta que Evaristo y Manuela enfrentaron un impedimento por consanguinidad, pues eran primos y necesitaban dispensa episcopal. Al igual que en los casos de Esther y Aurelia, los contrayentes incluyeron en el expediente un esquema de su árbol genealógico para demostrar el grado de parentesco.
Según dicho documento, Evaristo y Manuela eran primos en segundo grado, ya que descendían de dos hermanos —abuelos de ambos—: Manuel Leyva y María Leyva. Evaristo descendía de Manuel; Manuela, de María. En consecuencia, compartían un mismo bisabuelo: Pascual Leyva. Los testigos del matrimonio fueron Juan Costales, Plácido Guevara y Manuel Trinidad Barrantes.
Dentro del expediente matrimonial se consigna, además, que Manuela Malca era hija de Juan de Dios Malca y de Francisca Leyba. Gracias a este dato hemos podido enlazar esta línea genealógica con otra familia sanmiguelina: la de Juana Malca Leyba, hermana de Manuela.
Juana Malca Leyba, también hija de Juan de Dios Malca y Francisca Leyba, contrajo matrimonio en 1888 con Fortunato Caballero Barrantes, minero, hijo de Gregorio Caballero y María Natividad Barrantes.
De esta unión —la de Fortunato y Juana— descienden Gregorio Caballero Malca y Alfonsina Caballero Malca. El primero fue abuelo de Carlos Obando Caballero, conocido abogado sanmiguelino; y la segunda, abuela de Ymelda Rojas Mestanza, esposa del poeta Antonio Goicochea Cruzado
Conclusiones
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Jacinto Barrantes, Tiburcio Barrantes y Evaristo Novoa fueron protagonistas locales de la guerra con Chile. Los dos primeros participaron activamente en la batalla de San Pablo —liderando las columnas de San Miguel y Llapa, respectivamente—, mientras que el tercero contribuyó al pago del cupo de guerra para evitar el incendio del pueblo. Los tres formaron parte de la élite sanmiguelina, cuyas raíces se remontan al periodo colonial tardío.
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Las dificultades para contraer matrimonio en los casos de Esther y Aurelia —hijas de Jacinto—, así como en el de Evaristo y Manuela, debido a su grado de consanguinidad, no fueron situaciones excepcionales. Por el contrario, este tipo de impedimentos fue frecuente en el siglo XIX, durante el primer siglo republicano. Ello sugiere que los antepasados de estas familias se remontaban, a lo mucho, al periodo colonial tardío y que mantenían lazos sanguíneos estrechos.
Es probable que, desde su llegada, estas familias se consolidaran como núcleos de poder local, preservando su estatus social y, con ello, su influencia política y económica sobre el pueblo hasta, al menos, la primera mitad del siglo XX. Asimismo, no sería arriesgado plantear que una parte significativa de los sanmiguelinos urbanos descienda de este reducido conjunto de familias establecidas a fines del periodo colonial.






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