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lunes, 27 de marzo de 2023

El origen colonial de San Miguel de Pallaques

Por Carlos Reyes Álvarez, maestrante en Historia de los Andes en FLACSO, Ecuador, y filósofo por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Los orígenes de nuestros pueblos son todavía grandes incógnitas, uno de estos casos es el de San Miguel de Pallaques, la tierra de los pisadiablos, fundado como una reducción indígena en 1572 por Francisco de Álvarez bajo las órdenes del virrey Francisco de Toledo.

El 2016, el antropólogo Rodríguez publicó un libro Una historia olvidada: el viejo pueblo de San Miguel de Catamuche en Cajamarca en el que planteó la hipótesis de que San Miguel de Pallaques fue una reducción indígena fundada en 1572, pero tuvo una fundación anterior en otro lugar cercano, en San Miguel de Catamuche, el "pueblo viejo" y habría estado a cargo de Francisco Pizarro en su recorrido a Cajamarca en 1532. 

Nosotros, después de un análisis minucioso de La visita a Cajamarca de 1571-72/1578, nos dimos cuenta que San Miguel de Catamuche fue en realidad una reducción indígena fundada en 1565 por Juan de Fuentes y por órdenes de Lope García de Castro, como parte de un primer proceso reductivo, después del cual vino uno segundo, en el que se suprimió y subsumió a San Miguel de Catamuche, junto a otros 9 pueblos, a la reducción de San Miguel de Payaques y de San Rafael de Niepos en 1572. 

En ese sentido, San Miguel de Catamuche no habría sido fundado por Francisco Pizarro en 1532, no solo porque no existe un acta de fundación como tal, sino porque Pizarro no fundó reducciones indígenas.

Las autoridades coloniales llevaron a cabo dos procesos reductivos en la waranga de Chondal (provincia de San Miguel), el primero en 1565 y el segundo en 1572. Sin embargo, los investigadores suelen centrar su atención solo en el segundo proceso reductivo de 1572 y descuidan el primero de 1565, importantísimo, ya que fue uno de los primeros y únicos ensayos reductivos pre-toledanos en el norte peruanoVeremos en detalle cada uno. 



Imagen 1: Antigua plaza de armas de San Miguel de Pallaques, a  fines del siglo XIX. A la izquierda se nota la antigua iglesia, la que probablemente fue de la reducción indígena San Miguel de Payaques.

Juan de Fuentes funda 10 reducciones en Chondal en 1565. El primer proceso reductivo.


La waranga de Chondal fue una de las 7 warangas de Caxamarca y estaba conformada por pachaquías en su interior. Las pachaquías eran unidades sociopolíticas móviles con 100 pobladores aprox.: se desplazaban al interior del territorio de las 7 warangas e, incluso, en los territorios vecinos, con fines productivos-comerciales

En este primer proceso reductivo, Juan de Fuentes redujo entre 60 a 80 pueblos en promedio (que podrían ser pachaquías) de la waranga de Chondal a 10 reducciones indígenas en 1565, fueron las siguientes: 

1. San Matías de Paiaca (por el noroeste del actual distrito capital de San Miguel, por Tongod)
2. San Agustín de Cataxa (al norte del actual distrito capital de San Miguel, por Calquis)
3. San Rafael de Niepos (en donde se ubica actualmente el distrito del mismo nombre)
4. San Juan de Pingomarca (al sur de Niepos)
5. San Josephe de Chanchán (al sur de Niepos)
6. San Gregorio de Mozilla (al sur de Niepos)
7. San Pedro Libie (al sur de Niepos)
8. San Miguel de Catamuche (al suroeste de San Miguel)
9. San Andrés de Llapa (en donde se ubica actualmente el distrito del mismo nombre)
10. San Bernardo de Chumbil (al sur de LLapa).

*Estas ubicaciones las hallamos luego de analizar con detenimiento el recorrido del visitador Diego Velásquez de Acuña entre 1571-72.



Al interior de estas 10 reducciones, De Fuentes introdujo cerca de 48 y 50 pachaquías de distintas parcialidades y warangas de todo Caxamarca, aunque predominantemente de la misma waranga de Chondal. A pesar de que tradicionalmente se menciona que una waranga tiene 1000 pobladores con 10 pachaquías de 100 pobladores cada una, esto varió de waranga a waranga y de pachaquía a pachaquía y lo vemos claramente aquí.

San Matías de Paiaca fue la reducción que tuvo más pachaquías. Según Remy, la pachaquía Paiaca fue un enclave yunga ubicado al noreste de San Miguel. Dice:

"Es importante destacar que en el pueblo Santa Cruz de Succhabamba, la pachaca de Payaca tiene visitados mitmaes yungas, denominación que daban a los habitantes de las zonas bajas y cálidas, cercanas a la costa. Santa Cruz está cerca a Lambayeque. Es probable que estos mitmaes que poblaron Santa Cruz de Succhabamba fueran asimilados por Chondal e incorporados a la pachaca de Payaca" (p. 53)

Dentro de la reducción San Matías de Paiaca, De Fuentes introdujo 11 pachaquías: Paiaca, Pingomarca y Polloques de la waranga de Chondal, Zuruchuco, Guancamarca, Tacabamba y Tingomayo de la waranga de Bambamarca, ayambla de la waranga de Guzmango, Vacas de la waranga de Caxamarca y condesuyos y cañaris (porconeros) de la waranga de Mitmaes.

Después de San Matías de Paiaca, San Andrés de LLapa y San Miguel de Catamuche fueron las reducciones que tuvieron más pachaquías: el primero 6 y el segundo 5. Los otras 7 reducciones tuvieron entre 3 y 4 pachaquías. En total, existieron entre 48 y 50 pachaquías repartidas en estas 10 reducciones de 1565.

El primer proceso reductivo de 1565 quedó así:

1. San Matías Paiaca: Paiaca (Chondal), Pingomarca (Chondal), Polloques (Chondal) Condesuyos (mitmaes), Cañaris (mitmaes), Zuruchuco (Bambamarca), Guancamarca (Bambamarca), Tacabamba (Bambamarca), Tingomayo (Bambamarca), Ayambla (Guzmango), Vacas (Caxamarca), Condesuyo (Mitmaes) y Cañaris (Mitmaes)

2. San Agustín Cataxa: Guayocondo (Mitmaes), Paiaca (Chondal), Pingomarca (Chondal), Niepos (Chondal)

3. San Rafel de Niepos: Namogara (Caxamarca), Pingomarca (Chondal), Niepos (Chondal), Polloques (Chondal)

4. San Juan de Pingomarca: Pisso (Bambamarca), Pingomarca (Chondal), Polloques (Chondal), Niepos (Chondal)

5. San Joseph de Chanchán: Pingomarca (Chondal), Polloques (Chondal), Niepos (Chondal)

6. San Gregorio de Mozique: Chitón (Chuquimango), Pingomarca (Chondal) y Polloques (Chondal)

7. San Pedro de Livie: Chitón (Chuquimango), Chuad (Chuquimango), Polloques (Chondal)

8. San Miguel de Catamuche: Chalchadán (Guzmango), Paiaca (Chondal), Niepos (Chondal), Pingomarca (Chondal), Polloques (Chondal)

9. San Andrés de Llapa: Socad (Malcadán), Zuruchuco (Bambamarca), Tacabamba (Bambamarca), Paiaca (Chondal), Pingomarca (Chondal), Niepos (Chondal)

10. San Bernardo de Chumbil: Tacabamba (Bambamarca), Yscai (Bambamarca), Paiaca (Chondal), Niepos (Chondal)


Imagen 3: Pavimentación de la plaza de armas de San Miguel de Pallaques, a mediados del siglo XX, centro de la antigua reducción indígena.


Francisco Álvarez reduce 10 reducciones a 2 en Chondal en 1572. El segundo proceso reductivo.


Tan solo 7 años después del primer proceso reductivo, las autoridades coloniales llevaron a cabo un segundo proceso reductivo en 1572, esta vez ejecutado por Francisco Álvarez y por órdenes del virrey Francisco de Toledo. 

Álvarez redujo las 10 reducciones de De Fuentes de 1565 a tan solo 2San Miguel de Payaques y San Rafael de Niepos, es decir, suprimió las primeras y las introdujo en estas últimas. Las dos nuevas reducciones permanecieron a lo largo de toda la época colonial. 

San Rafael fue fundado al oeste de la actual provincia de San Miguel de Pallaques, mientras que San Miguel fue fundado en la parte este. Cada reducción tuvo entre 20 y 25 pachaquías, por lo tanto entre 1500 y 2500 pobladores nativos. Ambas reducciones tuvieron un cabildo indígena (cabildo = municipalidad hoy) con alcaldes, regidores, alguaciles, pregoneros, etc. Además, tuvieron iglesia (adscrita a San Francisco de Caxamarca), cárcel, tambo, tierras, tanto para los tributarios (entre 18 y 50 años edad) como colectivas.

La reducción San Miguel de Payaques de 1572 habría abarcado los actuales distritos de San Miguel, Calquis, Tongod, Llapa, Cochán, Tongod, Catilluc, ubicados al este de la actual provincia de San Miguel de Pallaques.

Fundaron San Miguel de Payaques en un sitio estratégico (como estaba escrito en las instrucciones de Toledo): 
  • Sureste: colindaba con San Pablo de Chalaques: desde aquí, pasando por las alturas de Chetilla y El Cumbe, se llegaba a la antigua capital colonial de Caxamarca. Por el sur con Guzmango. 
  • Norte: colindaba con Santa Cruz de Succhabamba: era la puerta de entrada a la macroetnia de Huambos (en el actual oeste de Chota).
  • Nor-oeste: colindaba con la waranga de Bambamarca: desde aquí se llegaba a Chachapoyas, o sea a la ceja de selva.
  • Este: colindaba con San Rafel de Niepos: la reducción indígena vecina, adyacente a la macroetnia Chimú.



 

Además de lo anterior, San Miguel de Payaques contaba con tierras fértiles, colindante a ríos y quebradas, caminos, montes, pastos, es decir, todo un conjunto de condiciones propicias para hacer posible la vida de los nativos en esta zona.

¿Qué fue una reducción indígena?, fue la congregación de varios pueblos en pocos. En el caso de Chondal, la reducción de varias pachaquías de distintas warangas dispersas por aquí y por allá, en llanuras y alturas, en un asentamiento urbano (San Miguel) con casas, alcaldía indígena, iglesia,  tierras y otros bienes y servicios. Las autoridades fundaron las reducciones porque, a través de ellas, administraban mejor el territorio y la población. 




Imagen 4: Alfonso Barrantes Lingán en la parte izquierda, al frente de la iglesia moderna de San Miguel, rodeado de sus paisanos. Alfonso es uno de los personajes más emblemáticos de la provincia: ex alcalde de Lima y ex candidato a la presidencia en 1985.

Españoles y criollos desposeen de tierras a indígenas de San Miguel de Payaques


Después de una primera gran migración de españoles a Caxamarca, a principios del periodo colonial, era un hecho que migrarían también a las recién fundadas reducciones indígenas de San Miguel de Payaques y San Rafael de Niepos, a pesar de que no podían hacerlo, por la política de separación entre república de españoles y de indios. En efecto, desposeyeron de tierras a los indígenas mediante diversos mecanismos: contratos de compra-venta, donaciones, testamentos, usurpaciones, las mismas que luego buscaron componerlas (legalizarlas). Es cierto que la corona otorgó tierras realengas o vacas a españoles en zonas adyacentes a reducciones indígenas, sin embargo, estos españoles migrantes se apoderaron también de las tierras de las reducciones, ilegalmente (algo parecido sucedió en San Antonio de Caxamarca). En efecto, Rodríguez (2016) menciona las que habrían sido las primeras desposesiones de tierras en la reducción de San Miguel entre 1601-1609: 4 caciques indígenas cedieron tierras de Catamuche a Alonso Sánchez Sotomayor, español, mediante “donación”.

Una vez asentados estos españoles y criollos en la reducción San Miguel de Payaques a principios del siglo XVII instalaron sus viviendas y centros de producción: obrajillos y chorrillos (pequeñas fábricas textiles), chácaras, estancias, haciendas, con ganadería y minas pequeñas y como necesitaron mano de obra nativa dentro de ellas,  iniciaron un proceso regresivo al de las reducciones: desconcentraron o dispersaron a la población nativa de las reducciones en los centros productivos. A la larga, éstos funcionaron como reducciones de facto y serían la base de los posteriores caseríos, centros poblados y distritos republicanos.


Imagen 5: Tejedora sanmiguelina. En tiempos coloniales hubo muchos obrajillos y chorrillos en San Miguel de Pallaques.

Conclusiones y reflexiones finales


Después de lo expuesto, concluimos en qué San Miguel de Payaques fue una reducción indígena fundada por el corregidor Francisco Álvarez en 1572 como parte de un segundo proceso reductivo. En este proceso, redujeron las 10 reducciones fundadas en 1565 a tan solo 2: San Miguel y San Rafael. Antes, De Fuentes redujo 10 reducciones a partir de más de 80 pueblos en promedio, uno de estos fue San Miguel de Catamuche.

Según Rodríguez (2016), San Miguel de Catamuche sería el antecedente exclusivo, inmediato o anterior a la reducción San Miguel de Payaques  y habría sido fundado por Francisco Pizarro en 1532. En ese sentido, San Miguel de Catamuche sería el “viejo pueblo” y San Miguel de Payaques el "nuevo pueblo". Sin embargo, después de revisar minuciosamente la sección documentos de Las visitas a Cajamarca nos dimos cuenta que la fundación de San Miguel de Catamuche fue parte del primer proceso reductivo de 1565 y, por lo tanto, no habría sido fundado por Francisco Pizarro en 1532. No existe no solo ningún documento de fundación de San Miguel de Catamuche por Pizarro, sino que  Pizarro no fundó reducciones indígenas.

¿Por qué San Miguel y por qué Pallaques? porque San Miguel de Payaques fue fundado a solo 10 km de la reducción suprimida de San Miguel de Catamuche. Y Pallaques porque era la pachaquía más importante de la reducción de San Miguel a fines del siglo XVI: payaques. Los payaques eran los más numerosos según los documentos y el cacique de esa pachaquía era el gobernador de San Miguel: Juan Payaque. ¿De paiaca a payaque?, sí, en Las visitas a Cajamarca notamos un cambio en el nombre: de paiaca a payaca, luego a payaque y, finalmente, aunque esto ya no está registrado, pudo ser a pallaque.

En efecto, algo parecido ocurrió con Porcón: Porcón no fue el nombre de la pachaquía originaria mitmae cañari sino el nombre del cacique a cargo de los mitimaes cañaris en Caxamarca. Las autoridades coloniales cambiaron el nombre de cañaris a porcón, es decir, por el nombre de su cacique, para diferenciarlos de los cañaris de Ecuador (ver mi artículo en este blog: “Porcón: mitimaes sin tierras”). Igualmente, las autoridades coloniales habrían querido diferenciar a San Miguel de Payaques del anterior pueblo suprimido San Miguel de Catamuche y, del mismo modo, identificar a San Miguel mediante la pachaquía más importante que tenía: payaque. De manera que quedó como San Miguel de payaque, San Miguel de Payaques, San Miguel de Pallaques.


Imagen 6: Úrsula Rojas Becerra, tejedora y partera sanmiguelina, en el centro de la foto, acompañada de dos vecinas sanmiguelinas suyas, en Lima, década del 60' del siglo XX. Úrsula fue más conocida como "mamita Úrsula" en el pueblo, tatarabuela del autor de este artículo.
Úrsula habría nacido en Sabaná, dentro de la antigua hacienda de Llapa, en la década del 70' del siglo XIX. Posteriormente,  migró a San Miguel. Su  primer compromiso fue Manuel Goicochea La Torre, administrador de la hacienda Libes, con quien tuvo como hija a Carmen Goicochea Rojas, también tejedora. Su segundo compromiso fue Juan Rivasplata, guardia local, con quien tuvo como hijo a Antonio Rivasplata.
Falleció en San Miguel en 1982, pasado los 100 años de edad. En paz descanse.



FUENTES:
  • Remy, María y Rostworoski, María (1992). Las visitas a Cajamarca 1571-72/1578. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
  • Remy, María (1981). Organización y cambios del reino de Cuismancu 1540-1570. En: Silva Santisteban, Fernando; Espinoza, Waldemar; Ravines, Roger (comp.) (1986). Historia de Cajamarca, siglos XVI-XVIII. Cajamarca: Fondo Editorial del Instituto Nacional de Cultura.
  • Rodríguez, José (2016). Una historia olvidada: El viejo pueblo de San Miguel de Catamoche en Cajamarca. Lima: GRAFILIB Impresiones SA.

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miércoles, 15 de marzo de 2023

Porcón: mitmaes sin tierras

Por Carlos Reyes:

La frase mitimaes sin tierras es una metáfora que alude a un problema histórico que los porconeros enfrentaron durante la época inca, colonial y, al menos, durante los primeros 150 años de la República: la carencia de propiedad sobre la tierra que habitaban. Decimos mitimaes porque fueron traídos bajo ese sistema, por orden del Inca, desde el sur del actual Ecuador hasta las alturas del valle de Cajamarca. Si bien el Inca les asignó tierras para vivir y producir, no fueron propietarios de ellas. Con la instauración del régimen colonial, el sistema de mitimaes dejó de funcionar y los porconeros pasaron a convertirse en mitayos y, posteriormente, en yanaconas.

Este breve texto es resultado de una investigación basada en información secundaria y dispersa que hemos intentado articular. Muchas de las hipótesis aquí planteadas deberán corroborarse con fuentes primarias. No obstante, constituye un primer ejercicio de comprensión sobre la evolución histórica de Porcón. Fue escrito en vísperas de la tradicional Fiesta de las Cruces, en marzo de 2023.

Mitimaes en tierras caxamarcas: los porconeros en tiempos de los incas

El origen de Porcón se remonta a tiempos prehispánicos. Sus pobladores eran miembros de la etnia cañari, procedente del sur del actual Ecuador, quienes fueron trasladados en calidad de mitimaes por orden del Inca Túpac Yupanqui hacia las alturas del valle de Cajamarca. Debe precisarse que solo fue un grupo de la etnia el que fue movilizado. Aunque se les asignaron tierras para asentarse y producir, no fueron dueños de ellas. En el caso de estos cañaris, su traslado respondió a funciones militares y de vigilancia: debían controlar y supervisar a la población de Caxamarca.

Sin embargo, los cañaris no fueron los únicos mitimaes serranos con funciones militares en territorio caxamarquino. También estuvieron presentes los huayacuntus (provenientes del norte), así como quechuas y cuntisuyos (del sur), quienes en conjunto conformaron una waranga de mitimaes o, en términos actuales, una unidad étnica de aproximadamente mil pobladores. La macroetnia de Caxamarca estaba integrada entonces por siete warangas.

Los cañaris son conocidos en la historiografía por haber colaborado con los españoles durante la conquista (véase Araneda, Pedro, 2021), aunque no todos los colectivos de esta etnia asumieron esa posición. Se sabe que apoyaron a Huáscar en las guerras civiles incaicas y que, por ello, eran enemigos de Atahualpa. Diversas crónicas señalan que acompañaron a los españoles en su recorrido desde Tumbes hasta Cajamarca. No obstante, se desconoce cuál fue el papel específico de los cañaris de Porcón en este proceso. Lo cierto es que estuvieron presentes —directa o indirectamente— en los acontecimientos del fatídico 16 de noviembre de 1532 en Cajamarca.



Imagen 1: Mitmaes al servicio del inca

Obrajeros al servicio del hospital: los porconeros en tiempos coloniales

Tras la captura de Atahualpa, Francisco Pizarro entregó en 1535 las siete warangas de Caxamarca —que comprendían el centro y sur de la actual región— en calidad de encomienda al conquistador español Melchor Verdugo. Desde entonces, el encomendero recibió tributos en especie de los nativos; entre ellos, los cañaris, integrados en la waranga de mitimaes.

En la visita de Barrientos de 1540, los cañaris fueron empadronados como parte de la waranga de mitimaes. Allí aparecen mencionados su cacique de grupo, llamado Porcón, y el cacique de waranga, Puculla. Este dato podría explicar el cambio de denominación étnica: de cañaris a porcones o porconeros, adoptando el nombre de su curaca. Probablemente, esta nueva denominación permitió diferenciarlos de otros grupos cañaris asentados en la región (véase Espinoza, 1986).

Tras las guerras de conquista, y en un contexto más estable, las autoridades coloniales impulsaron la fundación de reducciones indígenas dentro de la encomienda de las siete warangas. El objetivo era concentrar a los numerosos pueblos dispersos en asentamientos más accesibles y controlables. El primer proceso reductivo fue ejecutado en 1565 por Juan de Fuentes, por orden del gobernador Lope García de Castro. De Fuentes redujo cerca de 500 pueblos a 43, y fundó la reducción de San Antonio de Caxamarca en el actual distrito de Cajamarca, considerada la más importante del conjunto. Según la visita de 1571, las pachaquías de mitimaes cañaris fueron distribuidas en cuatro pueblos: San Antonio de Caxamarca, Santisteban de Chetilla, San Sebastián Cacaden y San Matías. Es decir, compartieron espacio con otras pachaquías o etnias de las siete warangas.

El segundo proceso reductivo fue ejecutado por Francisco Álvarez de Cueto, por orden del virrey Francisco de Toledo (1572–1574). Lamentablemente, el documento correspondiente a esta visita no ha sido hallado, por lo que se desconoce si los mitimaes cañaris permanecieron en los pueblos asignados, fueron trasladados o retornaron —algunos o todos— a las alturas del valle. Esta última posibilidad parece la más probable.

Melchor Verdugo falleció en 1567, quedando la encomienda bajo la administración de su viuda, Jordana Mejía. Además de continuar como rentista, ella emprendió actividades textiles y fundó dos grandes obrajes: uno en Cajamarca y otro en Porcón. Aunque se desconoce la fecha exacta de fundación del obraje de Porcón, es probable que los cañaris —tras los procesos de reducción— retornaran a su antiguo asentamiento o fueran trasladados allí para ser adscritos al obraje. Cabe recordar que los encomenderos se opusieron a las reducciones, pues estas limitaban su control directo sobre la población indígena.

Los obrajes eran fábricas textiles instaladas sobre pueblos con tradición textil prehispánica. En ellos, los indígenas trabajaban como mitayos, es decir, bajo un sistema de trabajo forzado. Surge entonces una pregunta: ¿los porconeros, además de cumplir funciones militares en época incaica, poseían también una tradición textil desde tiempos preincaicos? Es una hipótesis plausible.

Al fallecer Jordana Mejía en 1602, dejó el obraje de Porcón en manos de su sobrino político Nicolás de Mendoza Vargas y Ribera, con la disposición de que, tras su muerte, pasara a la reducción indígena San Antonio de Caxamarca. Especificó, además, que sus ingresos debían destinarse al sostenimiento del hospital de indios, administrado por la orden bethlemita. Se dice que esta obra piadosa buscaba redimir las culpas de su esposo Verdugo.

Es probable que el obraje funcionara con éxito desde fines del siglo XVI hasta 1678, año en que un terremoto en Lima afectó la economía textil del norte. Posteriormente, pudo haberse recuperado durante el siglo XVIII. Según Gaitán (2012), los obrajes prosperaron hasta fines de ese siglo, entrando luego en crisis por la competencia de textiles europeos. El descubrimiento de las minas de Hualgayoc en 1772 habría generado un nuevo auge económico que benefició a propietarios y arrendatarios de obrajes y haciendas a fines del periodo colonial. Es posible que en esos años se intensificaran los abusos contra los trabajadores porconeros.

Según Silva Santisteban (1986), en el obraje de Porcón se cometieron graves abusos: los indígenas trabajaban encadenados, sometidos a castigos físicos y a jornadas extenuantes. Intentaron rebelarse en varias ocasiones, sin éxito, hasta que en 1821 se sublevaron contra el arrendatario, destruyendo el obraje y la casa-hacienda.

El autor señala que la presión fiscal sobre el arrendatario —arriendos destinados a la caja de comunidad para sostener el hospital, tributos, diezmos y salarios— generaba un contexto de explotación sistemática, aunque nada justificaba tales condiciones.

A mediados del siglo XVIII, el obraje de Porcón contaba con 75 tornos y 6 telares, además de un galpón de sesenta varas de largo por seis de ancho, donde se producían pañetes, bayetas, frazadas y jergas. Poseía también 17 181 cabezas de ganado ovino, lo que evidencia su importancia económica. De hecho, Deere (1992) sostiene que Porcón tuvo tradicionalmente la mayor ganadería ovina de la región, estrechamente vinculada a la producción textil.

Es posible que hacia fines del siglo XVIII el obraje se transformara en una unidad más compleja, un obraje-hacienda. En ese proceso, y ante la creciente explotación, los trabajadores indígenas dejaron de ser mitayos para convertirse en yanaconas, perpetuando, bajo nuevas formas, su histórica condición de “mitimaes sin tierras”.



Imagen 2: Antiguo hospital de Belén en Cajamarca

Primera revuelta por tierras: los porconeros en la independencia

La producción textil en Cajamarca, pese a sus altibajos desde el temprano periodo colonial, parece haber sido una actividad constante hasta la actualidad. Durante el proceso de independencia, la región contribuyó con diversos bienes a las tropas de Simón Bolívar: paños, lienzos, bayetas y tocuyos destinados al vestuario militar. Es probable que parte de estos textiles proviniera del obraje de Porcón (véase Villanueva, 1989).

Según Espinoza (2007), Miguel de Sarachaga era el arrendatario de la hacienda de Porcón en los años de la independencia. En ese contexto, los trabajadores protagonizaron una suerte de huelga: dejaron de laborar, causaron destrozos y exigieron que al menos la mitad de las tierras del obraje les fueran reconocidas como tierras de comunidad. Este reclamo se enmarcaba en el nuevo escenario político, en el que los criollos independentistas comenzaron a reconocer jurídicamente a las comunidades indígenas y sus territorios.

La respuesta de los religiosos bethlemitas fue tajante. Fray Fernando sostuvo que los porconeros jamás habían sido reconocidos como comunidad dentro de los linderos de la hacienda. En la documentación presentada —según el religioso— nunca figuraban como visitados o empadronados en calidad de comunidad por corregidor o juez de tierras, sino siempre “como sirvientes de Porcón” y jamás como comunidad. Añadía que los límites de la hacienda estaban claramente establecidos y que, en más de 140 años de administración bethlemita, nunca se había reconocido la existencia de tal comunidad (Espinoza, 2007, p. 206).

A partir de este testimonio, podemos deducir que los antiguos mitimaes cañaris fueron adscritos por Jordana Mejía como mitayos dentro del obraje de Porcón a fines del siglo XVI, pero nunca recibieron formalmente esas tierras como propiedad comunal. Eran ocupantes en tanto trabajadores, no propietarios.

Una situación semejante habría ocurrido en época incaica: se les asignaron tierras para vivir y producir en las alturas del valle bajo el sistema de mitimaes, pero tampoco fueron dueños de ellas. Esta continuidad histórica refuerza la hipótesis inicial: los porconeros fueron mitimaes y, posteriormente, mitayos y yanaconas sin tierras, condición que explica la raíz profunda de su primera revuelta por la propiedad territorial en tiempos de la independencia.



Imagen 3 (referencial): Indígenas durante el periodo de independencia

Segunda revuelta por tierras: los porconeros en la República

El obraje-hacienda de Porcón continuó funcionando durante la primera mitad del siglo XIX, ya en época republicana, e incluso amplió considerablemente su extensión territorial. A diferencia de lo que sostiene Gaitán (2012) —quien plantea una crisis generalizada de los obrajes en el siglo XIX—, consideramos que, pese a las dificultades, la producción textil se mantuvo activa en varios de ellos.

En el caso de Porcón, es probable que haya abastecido con tejidos y otros productos al primer boom de las plantaciones azucareras de la costa norte (1850–1870), así como a las minas de Hualgayoc. Luego sobrevino una nueva crisis: la guerra con Chile, que afectó la economía regional y pudo haber paralizado actividades productivas. Sin embargo, hacia fines del siglo XIX e inicios del XX se produjo un segundo auge económico vinculado tanto a las plantaciones azucareras del norte como al boom del caucho en la Amazonía. En ese contexto, el obraje-hacienda de Porcón habría experimentado un nuevo repunte, aunque con cambios significativos en su estructura productiva.

Uno de ellos fue el declive de la ganadería ovina. Deere (1992) señala que el número de ovejas en Porcón descendió de 12,500 cabezas en 1855 a 7,000 en 1911. Consideramos que esta reducción pudo deberse tanto al impacto de la guerra como a la introducción progresiva de ganado vacuno por parte de los arrendatarios, con el fin de abastecer de carne, leche y derivados a las plantaciones azucareras.

Durante el mayor auge del segundo boom azucarero (1914–1918), Federico Rojas y su esposa —arrendatarios de Porcón— elevaron las rentas a más de 10,000 soles anuales, cifra muy superior a los 3,010 soles que José Sousa pagaba entre 1875 y 1884, periodo que coincidió con la guerra (Deere, 1992). Estos datos evidencian la magnitud del crecimiento económico alcanzado.

Según Deere (1992), la expansión territorial fue impresionante: el antiguo obraje contaba con 87 hectáreas en 1670 y fue ampliándose progresivamente (1689, 1780, 1822) hasta alcanzar cerca de 28,000 hectáreas a inicios del siglo XX. No sabemos con certeza si fueron los alcaldes o caciques de la reducción de San Antonio de Caxamarca (propietaria original), los religiosos bethlemitas (administradores del hospital) o los arrendatarios quienes impulsaron dicha expansión; probablemente fue resultado de la acción conjunta de todos ellos. Lo que sí parece claro es que crecieron mediante litigios contra haciendas vecinas como Negritos, Combayo y Chamis.

Entre 1926 y 1950, el Estado peruano impulsó un proceso de reconocimiento legal de comunidades indígenas y sus tierras, en respuesta a la usurpación y concentración territorial que se había intensificado a fines del siglo XIX. En la región Cajamarca se reconocieron 36 comunidades indígenas (9 en la provincia de Cajamarca). Sin embargo, todo indica que Porcón no fue incluida en ese reconocimiento, probablemente por las mismas razones esgrimidas por los bethlemitas en tiempos de la independencia: sus habitantes no figuraban como comunidad, sino como trabajadores adscritos a una hacienda. Persistía así su condición histórica de mitimaes-mitayos-yanaconas sin tierras.

Desde 1847, la administración del obraje-hacienda pasó a la Beneficencia Pública de Cajamarca, tras la desaparición de la reducción indígena de San Antonio de Caxamarca y el retiro de la orden bethlemita. En 1950, la Beneficencia dividió la propiedad en dos: Porcón Alto (14,000 hectáreas), entregado a la empresa extranjera Servicio Cooperativo Interamericano para la Producción de Alimentos (SCIPA), y Porcón Bajo, cuyas tierras fueron vendidas a los propios ocupantes. Los porconeros de Porcón Bajo se convirtieron entonces en propietarios individuales, condición que mantienen hasta hoy.

En Porcón Alto, la empresa contrató a algunos residentes y solicitó el retiro de otros, lo que generó protestas y resistencia. Aunque desconocemos los detalles de estos conflictos, es razonable interpretarlos como una segunda gran lucha por la tierra —la primera había ocurrido en tiempos de la independencia—, dentro de una larga historia de disputas territoriales.

Finalmente, con la reforma agraria impulsada por Juan Velasco Alvarado (1969–1974), Porcón Alto fue parcelado y entregado a sus ocupantes. Años después, estos conformaron la Cooperativa Agraria de Trabajadores Atahualpa Jerusalén, actual administradora de la conocida Granja Porcón, cerrando así, en parte, un prolongado ciclo histórico de lucha por la tierra.



Imagen 4 (referencial): Protesta de un pueblo indígena durante la república

Porcón: milenarios vigilantes del valle de Caxamarca

Reflexiones finales

El caso de Porcón resulta sui generis en la región cajamarquina. Su proceso histórico difiere del de otros pueblos andinos. En primer lugar, porque los cañaris llegaron como mitimaes —migrantes trasladados por orden del Inca— y, aunque se les asignaron tierras en las alturas del valle, no fueron propietarios de ellas. Más tarde, la encomendera Jordana Mejía los adscribió como mano de obra al obraje de Porcón, nuevamente sin otorgarles propiedad sobre la tierra. Desde entonces trabajaron bajo la autoridad de arrendatarios, pues el obraje pertenecía formalmente a la reducción indígena de San Antonio de Caxamarca, cuyos ingresos sostenían el hospital.

Sin embargo, el obraje funcionó desde temprano como una entidad semejante a una reducción: contó con viviendas, tierras y ganado para el autoconsumo, caminos, iglesia, cárcel y otras instalaciones. En ese sentido, sostenemos que los porconeros fueron primero mitimaes y luego mitayos y yanaconas sin tierras, una condición que marcó profundamente su devenir histórico.

Identificamos también dos políticas impulsadas por propietarios y arrendatarios. La primera fue una política de expansión territorial, basada en litigios con haciendas vecinas para ampliar la producción y las ganancias, transformando el antiguo obraje en un obraje-hacienda de gran extensión. La segunda habría sido una política de confinamiento: impedir que los trabajadores abandonaran los linderos de la propiedad (hipótesis que requiere mayor respaldo documental).

Durante el periodo colonial existió el fenómeno del forasterismo: indígenas que migraban para escapar del tributo, la mita o el yanaconaje. Es plausible que los administradores del obraje de Porcón intentaran evitar este fenómeno restringiendo la movilidad de los trabajadores. Esta posible política de confinamiento ayudaría a explicar por qué los porconeros han conservado hasta hoy marcadores culturales distintivos, como la vestimenta tradicional y el uso del quechua —aunque actualmente muchos sean bilingües o hayan dejado el traje típico—.

Asimismo, en el espacio del obraje-hacienda se forjaron tradiciones propias, entre ellas la emblemática Fiesta de las Cruces, que refuerza una identidad colectiva construida a lo largo de siglos de permanencia en un mismo territorio.

Así, Porcón puede entenderse como una comunidad forjada en la vigilancia histórica del valle de Caxamarca: primero como enclave militar incaico, luego como núcleo productivo colonial y republicano, y finalmente como cooperativa moderna. Su historia revela una constante: la prolongada lucha por la tierra y por el reconocimiento, después de siglos de haber sido —literal y simbólicamente— mitimaes sin tierras.



Imagen 5: Tradicional Fiesta de las Cruces de Porcón

Fuentes:

  • Araneda, Pedro (2021). Crónicas de una incursión desastrosa: la llegada incaica a tierras cañaris y la posterior ayuda de los cañaris a los españoles, tesis de licenciatura. Lima: PUCP.
  • Deere, Carmen (1992). Familia y relaciones de clase. El campesinado y los terratenientes en la sierra norte del Perú, 1900-1980. Lima: IEP.
  • Espinoza Soriano, W. (2007). Reacción de los indígenas de Cajamarca frente a la Independencia de Trujillo y Lima, 1821- 1822. Investigaciones Sociales, 11(18), 179–220.
  • Gaitán, Evelio (2012). La plaza mayor de San Antonio de Cajamarca. Lima: Fondo Editorial de Lumina Cooper.
  • Silva Santisteban, Fernando; Espinoza, Waldemar; Ravines, Roger (comp.) (1986). Historia de Cajamarca, siglos XVI-XVIII. Cajamarca: Fondo Editorial del Instituto Nacional de Cultura.
  • Rostworowski, María (2017). Etnias forasteras en la visita toledana a Cajamarca. En: Ensayos acerca del periodo colonial inicial, 1520-1570. Lima: IEP.

Links de imágenes: 

Imagen 1: https://diarioelinformativo.com/mitimaes-o-mitmacunas

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sábado, 4 de marzo de 2023

La primera gran migración de españoles a Cajamarca - siglo XVII

Por Carlos Reyes

Este texto breve forma parte de la investigación que realizo como parte de mi tesis de maestría en Historia de los Andes en FLACSO, Ecuador, y que deseo compartir con el público. No constituye un descubrimiento en sentido estricto: es parte del sentido común reconocer que este pueblo fue habitado por españoles en algún momento del pasado. Sin embargo, se sabe poco sobre ellos: cuándo llegaron, en qué condiciones y con qué propósitos.

El primer español con mayor poder en Cajamarca fue Melchor Verdugo, conquistador presente en la captura de Atahualpa el 16 de noviembre de 1532. Francisco Pizarro le otorgó, como recompensa, la encomienda de Caxamarca con siete grandes organizaciones étnicas. A cambio de esta adjudicación de indios (no de tierras), debía evangelizarlos y recibía tributos en especies y, en menor medida, en metales. Se sabe que residió en Trujillo, aunque habría visitado Cajamarca en diversas ocasiones, dejando mayordomos o administradores a cargo. Murió en 1567 sin descendencia, pero dejó como heredera a su viuda, Jordana Mejía, una de las encomenderas más poderosas de su tiempo.

Poco después de la conquista, residían en Cajamarca siete familias españolas en 1565; catorce en 1572; y un número similar en 1597. Esto equivale a unos setenta españoles viviendo en la localidad entre 1565 y 1597, décadas inmediatas a la conquista de 1532. Podrían haber sido mayordomos de Verdugo, evangelizadores, autoridades civiles, comerciantes y familiares. Aunque no eran numerosos, la situación cambió notablemente en el siglo XVII.

Tras las reformas del virrey Francisco de Toledo (1569–1581), que establecieron nuevas bases de orden político, fiscal y laboral, se aprecia un aumento sostenido de población española. Para 1615 se registran 100 familias (aprox. 500 personas); para 1644, cerca de 900 individuos; y para 1675, alrededor de 4,000. Consideramos que esta fue la primera gran oleada migratoria española hacia Cajamarca, desarrollada por fases entre 1572 y 1687 aproximadamente. Según Waldemar Espinoza, la mayoría habrían sido migrantes pobres que buscaban labrarse un futuro, conscientes de que probablemente no regresarían a España debido a la duración y riesgos del viaje (cuatro o cinco meses por mar). Procedían principalmente de Sevilla, Segovia, Andalucía, Valladolid, Madrid e Islas Canarias, es decir, del centro y sur peninsular.

Cajamarca resultaba atractiva por varias razones: altitud moderada (2,750 msnm), clima templado, cercanía a la costa, la ceja de selva y el Marañón, abundante agua, suelos fértiles, pampas ganaderas, pequeñas minas, disponibilidad de mano de obra indígena, tradición textil y ubicación estratégica en las rutas del Qhapaq Ñan, que enlazaban el norte y sur andino y la costa con la sierra y la selva. Estas condiciones facilitaron un primer despegue económico regional durante el periodo colonial.

Los españoles crearon un microcosmos a su favor. Mediante mercedes, compras, donaciones y usurpaciones, desposeyeron progresivamente de tierras a los indígenas. La tierra les permitió establecer viviendas y desarrollar actividades productivas. Fundaron obrajes —aprovechando la tradición textil prehispánica— que producían bayetas, frazadas, sayales, jergas, paños y sombreros, bienes muy demandados en el virreinato. Junto a ellos se extendían pampas para ganado ovino (lana) y cultivos de maíz, trigo, papa y alfalfa. Según Fernando Silva Santisteban, los obrajes más importantes a inicios del siglo XVII eran los de Cajamarca, Porcón, Combayo y Polloc.

También reactivaron el comercio interrumpido por la conquista, recepcionando productos de Lima y de zonas periféricas, y explotaron en pequeña escala la plata de Chilete. Utilizaron la mano de obra indígena mediante la mita y recurrieron a la esclavitud africana, cuyos contingentes también abastecieron las plantaciones azucareras de Saña, en Lambayeque.

En este contexto emerge la figura de Baltazar Hurtado del Águila, uno de los españoles más acaudalados del momento, probablemente prestamista local. En documentos aparece cobrando múltiples deudas y financiando a más de cien solicitantes de composición de tierras en 1644. Su hijo, Baltazar Hurtado de Chávez, heredaría fortuna y obligaciones.

Cabe señalar que el establecimiento permanente de españoles en Cajamarca estaba legalmente prohibido. La localidad fue fundada como pueblo de indios por el gobernador Lope García de Castro (1565) y reafirmada como tal por Toledo (1572), bajo la política de separación entre república de indios y de españoles. En teoría, los españoles solo podían permanecer allí de uno a tres días. No obstante, residieron de forma estable, adquirieron tierras y transformaron de facto el pueblo indígena en una villa mestiza, construyendo incluso su parroquia propia: Santa Catalina (hoy Catedral). La Corona elevó oficialmente a Cajamarca a la categoría de ciudad recién en 1808. Durante toda la colonia existió cabildo de indios, pero no de españoles, y las transferencias de tierras fueron legalizadas tardíamente en 1644, anuladas luego y nuevamente justificadas mediante testamentos en 1678. La condición jurídica de pueblo de indios fue un problema constante.

La presencia española impulsó un temprano proceso de mestización. Para muchos indígenas, el mestizaje representó una estrategia para escapar del tributo y la mita. En documentos aparece, por ejemplo, el mestizo Diego de Álvarez (1643), solicitando reconocimiento formal. Sin embargo, la población indígena nunca desapareció ni dejó de ser mayoritaria en términos porcentuales, característica distintiva de la región hasta hoy.

Entre los españoles establecidos a inicios del siglo XVII coexistieron élites y sectores menos favorecidos: trabajadores, vagabundos y delincuentes. Muchos fallecieron en Cajamarca y dejaron testamentos hoy conservados en el Archivo Regional, documentos valiosos para reconstruir redes familiares, bienes y actividades.

Finalmente, sostenemos como hipótesis que esta primera gran migración y su correspondiente despegue económico se extendieron hasta 1687, año del gran terremoto de Lima, uno de los motores económicos del virreinato junto con Potosí. Es posible que siguiera un periodo de depresión relativa hasta el descubrimiento de las minas de Hualgayoc en 1771, que dio lugar a un segundo boom económico y a una nueva oleada migratoria española —esta vez procedente en buena medida de Santander, Navarra, Galicia, Vizcaya, Cataluña y Andalucía— ya hacia el final del periodo colonial.